Nubes, muchas nubes y el teatro vacío de siempre.

El teatro vacío, la taquilla en ruinas, los asientos torcidos y el escenario con una luz tenue; las ventanas tapadas, la luz contenida como agua, una pequeña filtración que desaparece por una araña que se acurruca en el intersticio.

La madera podrida; las cortinas sucias, viejas, rojas y los flecos que alguna vez fueron dorados, ahora macilentos.

Tres pequeños ratoncitos se asoman por la tela rota de un asiento de terciopelo ajado, haciendo sonar los resortes al abrirse paso; sus hociquitos nerviosos huelen de un lado al otro, sus bigotes delgados vibran, sus ojitos negros y redondos, saltones y vidriosos brillan en las penumbras.

El olor a polvo removido por pasos recientes y sigilosos, el olor a humedad acumulada por años, el moho entre las tablas del piso y sobre las vigas del techo.

Como una iglesia abandonada, triste, solitaria, derruida. Como un plato de galletas a medio comer.

Y las nubes se cierran, comienza la lluvia.